sus caderas no mentían. (adelanto capítulo dos)

sábado, 22 de febrero de 2014




[...]

Imagínate que todo alrededor tuyo se va desmoronando poco a poco, pieza por pieza, y tienes que observarlo al no poder hacer nada para evitarlo. Todos los días a Charlie le venía esa sensación. Su vida poco a poco se iba destruyendo, sin que él no pudiera hacer nada. Tras la horrible situación que tuvo antes en casa, no paraba de temblar y necesitaba pensar.

A la vez que temblaba, se moría de frío, ya que aquella mañana era de las peores en Estocolmo. Decidió ir a el Vurma, una especie de cafetería de lujo donde sólo la gente con dinero podría permitirse el lujo de ir, quitando a Charlie, que conocía al camarero y todo le salía más barato.

Oh. Entrar a un Vurma era el olor más placentero que un ser humano podría aguantar. El olor a café recién hecho, a las prendas aromáticas que tenían en los sofás de vainilla, allí dentro todo era feliz. Se sentó en el primer sofá libre a la derecha, y esperó a que el gordo de Dixon viniese a saludarle. Efectivamente, lo hizo.

Dame dos razones para no largarte de aquí ahora mismo —cabreado era poco. Su viejo amigo estaba furioso al no ver a su amigo más de cinco meses, ni tener noticias suyas.— Podías haberme informado de donde estabas, ¡una puta llamada! sólo eso pedía, y nada.

Dixon, para. Hoy no tengo cojones a discutir contigo, cierra el pico y ponme un descafeinado, rápido. —a Charlie se le notaba su estado de ánimo, el cómo tras varios días de disputas, estaba de capa caída. Dixon, sin motivo alguno, pareció entender a su amigo, no dijo nada, y se largó a por el pedido que éste le había dicho. Charlie se sintió más aliviado al saber que hoy no tendría que discutir con nadie, de momento.

Tardó medio minuto en hacer y darle el descafeinado a Charlie. Acto seguido, ninguno de los dos dijo ni pío, y Dixon volvió a la barra. Durante unos minutos, todo pareció bien hasta que detrás de los cristales, se pudo oír perfectamente un disparo de una pistola, y cómo toda la gente del Vurma se iba levantando, incluido Charlie.

Todos estaban allí fuera, pero sólo había alguien impactado, alguien alto, ojos marrones y pelo corto. Charlie estaba verdaderamente en shock, pues, la persona que estaba en el suelo con unas gotas de sangre que fluían como glaciares derritiéndose desde sus caderas, era la chica con la que se había cruzado tres días atrás, en el portal de su casa.






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