tu corazón en anarquía, y el mío en libertad.

miércoles, 12 de febrero de 2014





Una vez dijiste que las relaciones a distancia no podían ser, hasta que supiste que un estúpido tío de twitter te abrió un mensaje directo. Te tumbabas en tu cama, apoyabas tus puntas castañas en la almohada, cogías un bolígrafo cualquiera, y escribías la típica carta de una chica que tiene debilidad por un extraño.

La recibía sentado afuera, rodeado de sauces totalmente nevados por encima, cómo si tuvieran una capa de la espuma del típico capuchino que tomas en una cafetería cualquiera. Aún me acuerdo de cómo olía, ese perfume que siempre me decías que te echabas por la mañana, y lo que más me gustaba era ese olor a libro nuevo que no sabía como lo habías logrado hacer.

No te iba a mentir, lloré de la emoción cuando supe que  empezaste por un 'mi pelirrojo' y acabaste por un 'quiero', palabras que si les buscas la lógica, llevarían al mismo estado. Justo creí que ya estaba todo, cuando logré divisar dentro de ese sobre arrugado, una disquetera de los casetes antiguos rotulada con el nombre Feliz San Valentín, pelirrojo. Pegada a él venía la típica nota que escribíais todas las chicas para que vuestro destinatario las escuchara después de leer la carta.

Cogí el radiocasete de la cocina, y lo llevé a la terraza. Me aseguré de que nadie me viese, y coloqué la disquetera en el cajón para introducirla. Los pequeños trozos de nieve que tenía en el dedo se quedaron pegados al botón del play y me coloqué mirando a los sauces de enfrente.

Te prometí bailar, y lo hice. Durante las 24 canciones que la disquetera tenía, bailé todas y cada de una de ellas con ritmos distintos, y con todo el vecindario mirando. Había 25 pistas de audio, pero sólo 24 eran canciones, hasta que noté que la veinticinco no se reproducía si no le dabas bien al botón del play.

Lo primero que pasó fue escuchar una voz débil, cansada, algo rara, pero nunca la había escuchado. Era tu voz. Y decía cosas maravillosas, cosas que hasta a cualquier persona que tuviera depresión le hubiera sacado de ella sin dudarlo, en ella decías entonando:

Nos conocimos en una estación,
y fuiste mi primer amor,
bailábamos en unas tapaderas,
y nos sentábamos en la carretera.

Me tocaste una canción,
y me conquistaste el corazón.
Pensé que nunca nadie lo haría,
pues imaginé que nadie me conquistaría.

Y sí, ahora mismo, vas a oír
como tu enana va a cantar una de sus canciones favoritas.

Y mientras yo soltaba lagrimas por mis ojos marrones y me arrodillaba en el suelo, tu entonabas sollozando Demons, de tu grupo favorito.

1 comentario:

  1. Postdata — Desde entonces, todos los días me grabo llorando y cantando, y siempre ella aparece en mis versos cantando a sus queridos Imagine Dragons.

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