Luna.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Despertamos. La Luna está colocada en el punto exacto donde estaba el día en el que te conocí. Invierno no dió más de sí cuando cogí el tren que me llevaría a ti. ¡El tren de las mil y una noches! lo llamaban, porque, desde luego, desde aquí a Barcelona hay mil y una horas, como mínimo.

La estación de trenes estaba plagada de gente inquieta, gente que lo único que quería es que la persona a la que esperaban angustiosos llegase al umbral de la puerta de salida y poder abrazarla hasta que los huesos se le convirtiesen en polvo.

Cogí el cercanías y me dirigí allí. Pongamos que tarde media hora, o vamos, eso me pareció a mi, llámame cardiaco. Los copos de nieve caían al mismo compás que el tren acercándose a centro de la estación. El maquinista dió el pitido. Bajé.

A la vez que mis pasos cobraban sentido, la puerta de salida se abría y se cerraba. La abrí. Miré a mi alrededor. Logré divisar a lo lejos una chica indefensa, con los recuerdos por los suelos, y con la mirada perdida viendo a la gente pasar. Mi maleta dejó de pesar 10 kilos y se convirtió en 0. Cómo habías cambiado.

Las yemas de mis dedos te estaban palpando. Gemían al vaivén que mis dedos moviéndote los hombros. Mis yemas estaban inquietas y felices porque al fin ya no tendrían que tocar una pantalla en un largo tiempo. Si mis dedos estaban así, imagínate yo.

Me sacaste fuera. Me reí respirando aire con fuerza y sintiendo que estaba allí. Te reías de mí, lo sabia muy bien. Me dijiste que te acompañase a un sitio, y yo, sin ánimo de lucro, acepté. 

El parque era precioso. Nevado aún más. Los copos caían como finas capas de algodón en nuestras cabezas, mientras quitábamos la nieve cuajada del banco y nos sentamos. (No te solté la mano porque no acababa de concebir de que todo eso era real)

Me dijiste que si quería pasar un tiempo contigo tendría que aguantar a los catalanes que tanto me reía del ellos, y disfrutar en una de sus enigmáticas ciudades viendo pasar las horas. Fue entonces cuando se me ocurrió sacar la carta. Te la di, y te hice jurar que no la abrirías hasta que me fuera de allí.

Acto seguido empezamos a reírnos, porque no parabas de llamarme merluzo, de que tenía el mayor de los privilegios de estar con la diva suprema de toda España, y que si me había recorrido 600 kilómetros para verte, tendría que llamarla de usted, refiriéndome a lo diva que eras.

Fue entonces cuando el trozo de pelo ondulado que te salía de las órbitas del peine, cayó sobre tu cabeza. Cogí el pelo y te lo levanté para arriba. Te reías, pero no sonreías, me di cuenta cuando viste un numero tatuado en el brazo derecho refiriéndome a una fecha.

Cogí los guantes, y me los quité en el menor tiempo posible (porque me estaba congelando, claro) y volví a caer esos pelos que se te habían caído antes. Antes de que pudieras peinártelos, me acerqué a la oreja más cercana (la derecha) y pronuncié esas dos palabras que habría querido pronunciarte en persona durante dos años. 

Te giraste, y ahí tengo que que afirmar, que la Luna fue el centro del universo, y yo un simple satélite.

Mis labios congelados probaron el mayor de los manjares, cuando la chica indefensa que ví hace unas horas en la estación, me besó con todo que ganar y nada de perder. Mi cuerpo pasó de estar en invierno a estar en un caluroso verano, con la persona más bonita del mundo apalancada a mí.

Fue entonces cuando decidí que las teorías que decían que el Sol era el centro del universo, se equivocaban. 

Eras tú. 

Te quiere siempre, Dani.


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