5 de diciembre.

sábado, 5 de diciembre de 2015

¡TÍO, QUE HAY PERSIANAS DOMÓTICAS!

Como diría un conocido, qué puta pasada la tecnología. 

Eran las 8:05 cuando a un colega le sonó la alarma. Y sí, era la famosa canción de regguetón que por aquel entonces era super famosa y de la cual no recuerdo el nombre. Imaginaos la escena: ¡apaga eso puto loco! ¡que son las ocho de la mañana! Pero la verdad era que si no madrugábamos, no íbamos a ver nada, así que optamos por tirar las sábanas al suelo.

El hotel donde estábamos alejados en Bruselas olía raro. Un olor raro que a veces le pillabas el tranquillo pero que a veces te daba ganas de vomitar.

Salimos a desayunar y nos encontramos a todo guiris y a dos conocidas. ¿Qué significaba eso? Que toda la tribu estaba aún dormida. Con dos cojones. ¡Guten Morgen! ¡Good Morning! ¡Bonjour! ¡Buenos días! Menuda orgía de lenguajes.

A las once habíamos terminado de recoger la habitacíon y salimos afuera. Lo primero que vimos fue un canal enorme que nos separaba de otra parte de la ciudad. (Claro, ahora ese canal sale en todos los medios de televisión)

Fuimos a tomar un café al lado de la calle infinita que llevaba al centro, y qué rico. Después, continuamos por la calle principal, hasta que llegamos a la famosa Bolsa que durante todo el año de 2012 no paraba de salir en televisiones españolas. Sus dos leones me recordaban a Gryffindor, sí.

Y el resto del día fue así. Recorrimos en un viaje en autobús toda la ciudad y vimos lugares como el Palacio Real, que por cierto, era más grande que la hostia, y recorrimos todo el barrio antiguo. En resumen, fue un tour buenísimo.

Por la noche salimos a cenar a la Grand Place y de discotecas. Fue la leche, los belgas están todos piradísimos. Luego nos enteramos de que no había noche de fuegos artificiales porque la reina Fabiola se había muerto. Pobre.

Y llegamos reventados al hotel y bebimos alcohol como unos descosidos.

Son las 23:59 del 5 de diciembre de 2015.

Mañana, Ámsterdam.

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